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Conoceréis el acertijo del sultán que tenía un hijo y una hija. Siendo jóvenes, les regaló un caballo a cada uno, y les adiestró como veloces jinetes. El del hijo era un córcel negro como la noche, y el de la hija, una yegua blanca como la luna, ambos veloces como el rayo en la tormenta. Los hermanos disfrutaban retándose en carreras. Curiosamente, la hermana ganaba siempre cuando corrían por la noche, y el hermano cuando corrían por el día.

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En el lecho de muerte, el sultán les propuso hacer una carrera para decidir cuál de los dos heredaría el trono, con todas sus riquezas. “Esta carrera será diferente a todas las que habéis hecho hasta ahora porque, para ganarla y recibir mi herencia, vuestro caballo deberá llegar el último a la meta. La carrera empezará en el mismo instante de mi muerte“.

Y quiso el azar…

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